Cosas que son buenas

jueves 9 de julio de 2009

1.- El olor a pan tostado
2.- Dormir
3.- Andar en bici
4.- palíndromos graciosos
5.- paleta helada de coco

:)

- Et ta délivrance? -La mort.

martes 30 de junio de 2009

El mar es algo muy grande, todavía más grande que el botecito en el que voy.

jueves 11 de junio de 2009

De repente, todo apunta a estar bien. Me gusta esta manera más relajada de ver las cosas. Es bueno tener estos rayos de luz (como bien me lo enseñó Duchamp, aunque él se haya referido con ese término a otras cosas). De hecho creo que nunca había dicho, al menos no en el blog, que toda metáfora que incluya a la luz es de mis favoritas. Evidentemente mi favorita es el momento de la creación. Que se haga la luz es como si empezara la vida, como si así tuviera que iniciar todo. La vez en que Godard dijo:


"The Principle of Cinema:
Go towards the light
And shine It On Our Night".


Es algo magnífico. Y bueno, creo que al menos, en estos momentos, un rayo de luz está por aquí, un rayón de lumiére. Pero sé que se puede ir, es la posibilidad de que las cosas pueden derrumbarse, es lo normal, es como un ciclo. Pero mientras espero que pase (o mejor quito el "espero" y dejo "pero mientras pasa"), cito a ¡Forward, Russia! Una vez más:

But blissful lights still happen / Through the darkest days


Lo bueno de que se vaya la luz


El título del post hace referencia al Libro Perdido y Encontrado de Oliver Jeffers. El mar, tan inmenso. Desde el mar no hay piedad / si vos no te mojás / Se cansó
la ansiedad, la pena y el dolor. (dice Lisandro Aristimuño).

forget what you came for / and give up what you love

miércoles 20 de mayo de 2009

El otro día, J. resolvió una duda que siempre había yo tenido durante mucho tiempo. Me dijo que cuando la gente moría en la hoguera, llegaba un punto en el que se dejaba de sentir dolor. Yo no entendía esto porque mi cuestión era que uno moría con ese dolor, siendo ese dolor. Pero, me explicó que era como si el cerebro sólo se desenchufara y simplemente las cosas pasaban: tu cuerpo ardía hasta que todo dejara de responder. Y me puse a pensar que si ese mismo fenómeno podría pasar en el terreno de lo sentimental. Como entrar en una melancolía tan pura y extrema que ya después sólo dejas de sentir. Supongo que debería ser de una intensidad tan grande que puede que ocurra eso. O total, no dejar de sentir al 100%, sino más bien que se manifieste como una indiferencia o algo. Algún psicólogo debe haber teorizado algo ya. Ella me dijo que es posible y creo que concuerdo. Pero es teoría que no quisiera vivir, la verdad.

Antes de conocerte, el brillo en mis ojos era más fuerte que el de un foco de 100 watts.

domingo 10 de mayo de 2009

Ya tiene como tres años que no escribo cuentito simpático, como el de Cristina, que era malo, pero nada más era escribir por escribir. Accedo a otro, porque el insomnio está rudo. Lo recuerdo: no tiene que ser bueno, namás fluir, ir con la corriente.

**

La relación con Celeste no iba de lo mejor, lo debo aceptar. Desde que tuvimos todos esa mezcla de problemas, que incluía el hecho de que ambos trabajábamos y nos dedicábamos rachas de indiferencia violentísimas el uno al otro, decidimos dejar nuestra relación en el plano de lo sexual. Simplemente nos veíamos para el acto y después no había más. No había llamadas, no había regalos, no había ritos ni esas cosas de las que están llenas las relaciones que, dícese, funcionan. Creo que a ella no le molesta el hecho de que todo sea tan plano -a la larga resulta un poco vacío- o al menos parece que ella está cómoda. Por mi parte, la extraño. Sí, bueno, yo podía vivir sumergido en papeles y películas por dos semanas y lo último que me pasaba por la cabeza era preguntarme dónde estaba ella. No es que no la quisiera o que no me importara (eso jamás), es sólo que no me nacía eso de preocuparme (y a ella tampoco). El problema, pues, era sumergirnos en todo, pero procurábamos no adentrarnos en la relación. Varias veces se me olvidó recogerla al trabajo (y todas esas veces a ella se le olvidó que yo la iba a recoger y tomaba un taxi y regresaba a casa con una o dos horas antes que la que ella me había dicho para ir por ella).

Así, un día, mientras cenábamos, nos quedamos viendo directamente a los ojos durante mucho tiempo. Yo veía la finura de su cara, su pelo negro, sus ojos finamente maquillados, su camisa carmesí y la manera en que sostenía los cubiertos. Ella, tal vez, se fijaba en mi cabello maltratado, mis ojos cansados, mi camisa azul y la manera en que sostenía mis cubiertos.

- Siento que estamos tan lejos - musitaron sus labios carmesí.
- Lo sé - dije, con mi boca reseca.
- ¿Crees que debamos cambiar las cosas?
- ¿Cómo puedes cambiar lo que no pasa?
- Pues, podemos seguir el modelo, cambiemos lo mínimo.
- Explícate.
- Sólo veámonos para lo que realmente hacemos. Nada más.
- ¿Te refieres al acto sexual?
- Me refiero al acto sexual.
- Muy bien.

Ella y yo nunca nos vimos en la necesidad de tener silencios incómodos. Las conversaciones se iban hilando por sí solas, en el caso de que llegaramos a platicar. Terminando la cena, recolecté mis cosas. Vivíamos en departamentos separados, a dos cuadras de distancia. Tomé los libros, los dibujos, las fotografías. Ella me dio unos regalos que le di, como un collar, unos broches de cristal para el pelo y una camisa Christian Dior mia, que ella utilizaba para dormir. Salimos de su departamento y fuimos al mío. Yo le dí unos zapatos que dejó, una bufanda, algunas revistas de moda que había dejado cuando buscaba cambiar un poco su vestimenta y unas películas que traían cortos de Bill Plympton. Cuando abrió la puerta, me dijo:

- Yo te mando mensaje, ¿Vale?
- Vale

Y se fue. Yo arreglé el deparamento de tal manera que no notara la ausencia de las revistas, las ropa y las películas que se había llevado. En su lugar, puse los libros, pegué los dibujos y colgué la camisa Christian Dior en el clóset. Me senté en el sillón y vi un rato la televisión, como era domingo en la noche, no había nada entretenido. Hubiera sido bueno ver los cortos de Bill Plympton, qué mal que Celeste se los había llevado con ella. La cosa con ella es que sabíamos de qué se trataba esto, no era un problema en donde hubiera aburrición o que uno sospechara del otro por adulterio. Simplemente, no dedicábamos la vida a la relación, eso nos extrañaba, por eso hicimos esto, que quién sabe si sea lo correcto, pero algo era algo. Lo que sea. Lo mínimo.

La primera vez que nos vimos, fue para ir a un hotel. Como los dos ganábamos dinero muy bien, eso de gastar para ir a un hotel era una nimiedad. Entramos al cuarto y todo estaba muy limpio, muy elegante, nada vulgar, justo como nos gustaba a los dos: sobrio, minimo. Ella se quitó su abrigo café -que le llegaba a las rodillas- y fue quitándose la ropa, muy mecánico todo. Por mi parte, pues, me fui quitando el saco, el chaleco, la corbata. Ella fue la primera en quitarse toda la ropa y se sentó en la cama. Cuando terminé de quitarme los calcetinas, me senté junto a ella. Me le quedé viendo a su pelo negro, suelto, que reposaba en sus hombros denudos. Sus brazos, sus pechos. Ella seguro sólo veía un hombre acabado, siempre me he sentido así. En el silencio, antes de acercarme a ella, no me había dado cuenta de lo ajeno que me sentía a ese momento. Y no sólo al momento, lo ajeno que me sentía a ella. Entre mi vacío foráneo y ella -corporalmente- existía un puente que no podía esperar a terminar de cruzar. Pero con ella, al final del puente, siempre sentía que había una luz con la que me podía quedar. Creo que la quería, a Celeste.

Lo malo de estos encuentros, es que cuando terminaba el acto sexual, ella robóticamente se vestía, tomaba sus cosas y se iba. No puedo mentir que eso me mataba, pero jamás hice algo por detenerla, y no sé si exactamente era eso lo que quería. Nunca la tomé del brazo y le dije "quédate". Sólo la dejaba ir. Aunque el acto hubiera sido bueno o malo, ella se iba. De vez en vez se quedaba en el lado izquierdo de la cama, descansaba unos segundos y hacía lo mismo, lo de tomar la ropa, guardar sus cosas, despedirse, salir por la puerta y yo, todavía en la cama, fumaba o veía a la ventana.

Pero hubo esta vez que pasó algo totalmente diferente: ella se quedó en la cama. Descansó un poco, pero en lugar de levantarse, ponerse su ropa y después su gran abrigo para protegerse de la nieve, tomar sus cosas e irse mientras yo fumaba o veía la ventana, se dio la media vuelta y se quedó quieta, muda. Yo no sabía qué hacer. A partir de acostumbrarme a la idea de siempre verla irse, el hecho de que se quedara sobrecargaba mi rutina defensiva. ¿Debería irme? ¿Abrazarla? ¿Levantarme y dar vueltas sobre mi mismo eje? Era un problema casi moral el que tenía en las manos, sentía como si de mi dependiera lo que siguiera en ese instante de vida. Resolví por hacer algo que, pensé, sería normal: me acerqué a su cuerpo y la abracé.

- ¿Qué haces? - dijo Celeste.
- Te abrazo.
- Yo sólo quería descansar un poco, Bruno.
- Ah. Bueno. Entonces, me doy la media vuelta.
- Te das la media vuelta.

No entendía nada. Esto era un patrón destruido y no sabía si quería que se repitiera. Ella no debía quedarse, maldita sea. La línea recta de la costumbre en la que se basaba ya mi relación con Celeste, ahora estaba estancada, marcando puros garabatos. ¿Por qué no se fue? ¿Por qué distorsionar la costumbre de su huida?¿Por qué me importa y, en lugar de abrazarla, por qué no la dejé agonizar sola? A la media hora se fue. Diez minutos después de su partida, yo me fui a cenar, una ensalada de espinacas con una copa de vino. Pese a que en el día hubo un momento de titubeo que nunca entendí por qué sentí, esa noche dormí como siempre: bien.

That was longer than a heartbeat.

domingo 3 de mayo de 2009

Arab Strap - Amor Veneris

miércoles 22 de abril de 2009

It wasn’t long ago
We went on guided tours.
But I forgot what it meant
To pretend my hand is yours.


(L).

Excuse me, come again?

sábado 18 de abril de 2009

Con cada persona que se entabla una conversación, existe un lenguaje diferente, ya sea corporal, ya sea expresado oralmente. Puede ir desde qué haces con las manos (cuando voy a un restaurante, a veces tomo un mechón de pelo y lo pongo atrás de mi oreja mientras pido la orden), hasta dónde diriges la mirada (la mayoría de las personas miran hacia arriba cuando están a punto de llorar pero no lo quieren hacer, como si dependiera de la ley de gravedad). Sin embargo, con ciertas (pocas) personas, existe una especie de lenguaje secreto, propio, que también implica miradas perdidas, palabras en clave, imágenes evocadas con el fin de conectar recuerdos.

**

El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje con el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. Mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es "yo te deseo", y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (El lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras, lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación


Roland Barthes (Fragmentos de un discurso amoroso).

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Este lenguaje íntimo, tan propio, es como si uno hablara un idioma y la otra persona hablara otro, pero que aún así se entendieran. En el momento en que uno diga "¿Qué dijiste?" y el otro tampoco entienda la pregunta, es que el lenguaje ha desaparecido o, mejor dicho, ha devenido olvido.

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Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo. Existe tal vez una forma literaria de este coitus reservatus: es el galanteo.


También Roland Barthes.

Si ella está en el centro del cuarto, sin hacer nada, no te puedo decir cómo está, porque tiene los ojos cerrados.

martes 14 de abril de 2009

No sé por qué el fin del mundo lo relaciono tanto con el color turquesa.

Every Morning You Shine

viernes 10 de abril de 2009

Un cambio al blog. Como que estaba de ociosa leyendo uno que otro post (recordar los viejos tiempos, el blog es bueno para eso y, por ende, malo para el alma) y me di cuenta de lo sobrio que se veía. Así que, un poco de color, por qué no, maldita sea. La foto, o intento de, es de un semáforo, creo, mientras iba en el coche camino a casa. No entiendo por qué demonios me gusta tanto esa imagen, me gusta pensar en el movimiento de la luz capturado en una foto, aunque la trampa es que es uno el que se mueve para lograr la figura.

**

Desde que leí El Ladrón De chicles de Coupland, no me quito de la cabeza eso de que las cosas no se superan, sino que te acostumbras a una nueva vida, a un nuevo momento, si es que se puede decir así. Y es fácil comprobarlo, piensa en tu último gran-problema-no-resuelto y pregunta: "¿Cuándo y cómo lo superaste?" Lo sensato -si, es un acto de sensatez- es que no lo superas, te acostumbras a una nueva fase, que conlleva frustración, tal vez depresión y aceptación, pero la superación es tan lejana, podría decir -sí, me atrevo a decirlo- poco humano. Se me hace inhumano el olvido, aunque es insoportable también, es mucho peso para hombros tan frágiles. Sí, el recuerdo contiene melancolía, tristeza, rencor. Pero vieras que la costumbre de estos nuevos momentos se me hace algo más humano que creer la posibilidad de olvidar personas. Se me hace todavía más humano que tirar recuerdos como si fueran fotos indiferentes que salieron mal en el último rollo.

**

Y es que de ti, ay, no sé nada, nada, nada.
Y es que no puedo verte a los ojos.
Y es que te tengo mucho temor.


(Creo que tengo un crush con Juan Son. Espero se me pase pronto. Si me lo preguntan en la vida real, lo negaré rotundamente).
 
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